YO Y MI CIRCUNSTANCIA

Ortega y Gasset, impresiona por la sencillez de sus explicaciones filosóficas, pero más por su compromiso con su país, España, en su tiempo tan venido a menos y luego envuelto en la guerra civil que lo dejaría a la zaga de los países europeos.

Su “deseo de pensar la patria, de buscar modos de regenerarla y contribuir al engrandecimiento de un pueblo que se veía  a si mismo en crisis y que se afanaba por encontrar nuevas propuestas que permitieran definir y superar la grave enfermedad que España sufre” le hicieron buscar y encontrar en la realidad radical la explicación de la existencia y su razón de ser.

La cuestión del esclarecimiento del ser lo que se es, aquello que nos define y nos permite comprender nuestras diferencias específicas en relación con lo otro o el otro, tanto desde el punto de vista de una existencia individual como colectiva, es lo que ahora llamamos identidad y que Ortega recomienda entrar en su profundidad y con entereza para descubrir la realidad con nuestras peculiares circunstancias, para aceptarlas y entenderlas, y entonces escoger un plan para alcanzar un destino de perfección pese a las adversidades y aprovechando las oportunidades.

Para él, “ el vivir a la altura de los tiempos”, significa que la problemática del ser y de las cosas debe entenderse en el ahora, quizás con urgencia, pero eso es posible si existe conciencia histórica con la cual penetrar y discernir la coyuntura presente y vislumbrar el porvenir con un escenario deseado.

Cuando afirma “Yo soy yo y mi circunstancia”, y añade luego, “si no la salvo a ella, no me salvo yo” quiere insistir en la dependencia que tenemos respecto de las cosas que nos rodean, y que la responsabilidad de vivir para  mejorarlas es una de las misiones del ser humano. Aquél que renuncia a ser el que tiene que ser, abandona sus posibilidades de plenitud personal y se somete al yugo de los imperativos externos, quien abdica y deja su vida a la deriva, entregando a otros la tarea de decidir qué es lo importante y radical para su existencia, ha fracasado.

Los ecuatorianos, estamos en parecida coyuntura a la de aquella vieja España, pero podemos a igual que la Madre Patria encontrarnos a nosotros mismos, identificarnos unos con otros, aceptarnos con nuestras individualidades, capacidades, limitaciones y expectativas, entender la demanda de ponernos a la altura de los tiempos, definir y decidir un plan de acción y una actitud renovada de confianza en nuestro ser nacional y salvar las circunstancias.

Aceptación no significa claudicación, sino comprensión del problema como paso previo a su redención. Un Ecuador sin valores, ni ganas de ser país, calificado como corrupto y con poca competitividad, es un país enfermo que  requiere de  cirugía más que de medicinas paliativas. Nadie ajeno nos puede operar, tenemos que extirpar lo corrupto por nosotros mismos, aunque soportemos mucho dolor, será mejor que terminar en el cementerio de la historia.

Dignidad es la exigencia de la hora

 

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